El zumbido volvió a invadir la casa al cabo de unos segundos, esta vez con insistencia, sin un gramo de timidez. Fuese quien fuese el que llamaba, esperaba que Dora le abriese.
Dejó el jarrón sobre el secreter y trató de pensar. ¿Qué debía hacer? Quizá, si se quedaba muy callada, esa persona terminase desistiendo. Pensaría que Dora no la oía, o que estaba en la playa. ¿Pero y si la hubieran visto entrar a ella?
Mientas pensaba todo esto, el timbre había dejado de sonar. Esperó un largo minuto, sin moverse. Sentía su corazón golpeando en el pecho, tan rápido que pensó que quizá le diera un ataque (¿podía una chica de 29 años morir de un infarto?)
Salió de la habitación y caminó hasta las escaleras. Las bajó despacio, casi de puntillas. Después cruzó el vestíbulo y entró en el salón, pegándose a la pared. Las ventanas aún estaban abiertas. Con mucho cuidado, se apostó tras un fragmento de cortina que aún permanecía echado y lo apartó con un dedo.
No podía ver gran cosa desde ahí, ya que la terraza le ocultaba casi todo el terreno, pero al menos el portón era visible. Tras observarlo durante un rato concluyó que no había nadie por allí. Pensó que, fuese quien fuera, debía de haberse marchado, aunque eso no significaba que pudiese volver. Quizás hubiese ido hasta el barranco, para comprobar que Dora no estuviese en la playa, tal y como ella había hecho ayer tarde.
Lo decidió en unos pocos segundos: Abandonaría. Ni todo el dinero del mundo merecía el riesgo que estaba corriendo. Sí alguien la había visto entrar en la casa podrían acusarla de ladrona o de algo peor. Lo mejor sería llamar a la policía cuanto antes y dar parte de la muerte de Dora. Después, mientras esperaba, limpiaría las huellas y lo dejaría todo preparado para la llegada de los policías.
Se dirigió de vuelta a la habitación. Cruzó el salón y entró en el vestíbulo. Pero justo cuando estaba a punto de coger las escaleras frenó en seco.
Había un hombre ahí fuera. La miraba a través del cristal con forma de "V" de la salita.
- ¡Hola! – exclamó el tipo al otro lado la ventana.
Irene se quedó literalmente congelada. Tardó unos pocos segundos en ser capaz de levantar su mano y saludar.
El hombre sonrió y le señaló con un dedo hacía la puerta principal. Después despareció a un lado de la casa. Irene se quedó junto a las escaleras, todavía incapaz de comprender cómo había llegado ese hombre allí. Entonces sonó el timbre.
Abrió la puerta y allí estaba. Era un hombre joven, de treintaymuchos o cuarenta. Rostro atractivo, piel morena y cabello ligeramente encanecido. En cuestión de un segundo, Irene se dio cuenta de que aquel tipo no mostraba ningún signo de alarma al verla allí.
- ¿La he asustado? La puerta estaba entreabierta- dijo - y cuando vi que no me abrían....
- Sí, la verdad es que me ha asustado - dijo Irene - Estaba atareada arriba y... por eso no llegué a tiempo al timbre.
El hombre la sonrió. Era guapo, se dijo. Vestía una camiseta salpicada de manchas de pintura y unos pantalones cortos con bolsillos a los lados.
- ¿La señora no está en casa? - preguntó.
- Pues...no. Ha salido... - dijo Irene y acto seguido añadió-: Está de viaje.
La sonrisa del chico perdió algo de intensidad.
- Vaya. Pero si me dijo que estaría aquí ¿No le dejó recado a usted? Bueno... siempre la puedo llamar. En fin...¿le importa abrirme la puerta grande? Es para meter el coche.
Irene no respondió ni hizo ademán de hacerlo. Se quedó cómo congelada.
- ¿Señorita? ¿Se encuentra bien?
- Si...si... verá es que... ¿Puede decirme a qué viene usted? ¿Es un pintor o algo así?
El tipo se rió, pero con un aire de ironía.
- ¿Pero es que su señora no le dejó recado? Y después vendrán con prisas, como siempre.
Irene se dio cuenta de que aún llevaba los guantes de cocina en las manos, y de que seguramente ese tipo la estaba confundiendo con la sirvienta de Dora. Decidió no contradecirle por el momento.
- Pues, para serle sincera, no estoy al tanto. Solo llevo aquí un par de días.
- Por eso no recordaba haberla visto cuando vine. En todo caso, respondiendo a su pregunta: me llamó Carlos Fernandez y soy albañil. La señora quería que cambiara el plato de la ducha. Estuve aquí hace dos semanas para hacer el presupuesto. Ella quería tenerlo acabado para antes de Mayo, porque era cuando me dijo que se marchaba a Alemania. Pero ahora veo que se ha ido antes de tiempo.
- Si... - respondió Irene - salió para un asunto urgente. Y me dejó al cuidado de la casa. En realidad no soy su sirvienta. Solo soy una amiga. Debió olvidarse de mencionarlo con las prisas.
- Muy bien - respondió él - ¿pero qué hacemos ahora? Ella parecía tener mucha prisa y yo he cancelado dos cosas por venir hoy...
Pese a que con su bonito rostro miraba al hombre y sonreía, la mente de Irene era como una caldera a punto de reventar.
- Lo mejor es que llame a Dora - terminó diciendo - Si no le importa, preferiría estar informada de todo esto.
- Hágalo- la invitó el hombre.
- No... - respondió ella.
- ¿No, qué?
- Que no tiene teléfono. Hasta esta tarde no estará en accesible.
- ¿Y qué quiere que haga? ¿Que espere?
- Déjeme su número - dijo Irene rápidamente - Le llamaré en cuanto hable con Dora.
- De acuerdo - dijo el hombre - Pero era Ella la que tenía prisa. Recuérdeselo.
- Lo haré. Y lo siento... siento las molestias. Yo...
El albañil le dio una tarjeta y bajó las escaleras. Irene esperó a que hubiese llegado al portón del jardín y cerró la puerta. Después se apoyó en ella, de espaldas y lentamente se dejó resbalar por la madera hasta sentarse en el suelo. Hundió las manos en su cabello y cerró los ojos.
Continua la semana que viene



