Wednesday, November 18, 2009

Baile de máscaras (V)








El zumbido volvió a invadir la casa al cabo de unos segundos, esta vez con insistencia, sin un gramo de timidez. Fuese quien fuese el que llamaba, esperaba que Dora le abriese.

Dejó el jarrón sobre el secreter y trató de pensar. ¿Qué debía hacer? Quizá, si se quedaba muy callada, esa persona terminase desistiendo. Pensaría que Dora no la oía, o que estaba en la playa. ¿Pero y si la hubieran visto entrar a ella?

Mientas pensaba todo esto, el timbre había dejado de sonar. Esperó un largo minuto, sin moverse. Sentía su corazón golpeando en el pecho, tan rápido que pensó que quizá le diera un ataque (¿podía una chica de 29 años morir de un infarto?)

Salió de la habitación y caminó hasta las escaleras. Las bajó despacio, casi de puntillas. Después cruzó el vestíbulo y entró en el salón, pegándose a la pared. Las ventanas aún estaban abiertas. Con mucho cuidado, se apostó tras un fragmento de cortina que aún permanecía echado y lo apartó con un dedo.

No podía ver gran cosa desde ahí, ya que la terraza le ocultaba casi todo el terreno, pero al menos el portón era visible. Tras observarlo durante un rato concluyó que no había nadie por allí. Pensó que, fuese quien fuera, debía de haberse marchado, aunque eso no significaba que pudiese volver. Quizás hubiese ido hasta el barranco, para comprobar que Dora no estuviese en la playa, tal y como ella había hecho ayer tarde.

Lo decidió en unos pocos segundos: Abandonaría. Ni todo el dinero del mundo merecía el riesgo que estaba corriendo. Sí alguien la había visto entrar en la casa podrían acusarla de ladrona o de algo peor. Lo mejor sería llamar a la policía cuanto antes y dar parte de la muerte de Dora. Después, mientras esperaba, limpiaría las huellas y lo dejaría todo preparado para la llegada de los policías.

Se dirigió de vuelta a la habitación. Cruzó el salón y entró en el vestíbulo. Pero justo cuando estaba a punto de coger las escaleras frenó en seco.

Había un hombre ahí fuera. La miraba a través del cristal con forma de "V" de la salita.

- ¡Hola! – exclamó el tipo al otro lado la ventana.

Irene se quedó literalmente congelada. Tardó unos pocos segundos en ser capaz de levantar su mano y saludar.

El hombre sonrió y le señaló con un dedo hacía la puerta principal. Después despareció a un lado de la casa. Irene se quedó junto a las escaleras, todavía incapaz de comprender cómo había llegado ese hombre allí. Entonces sonó el timbre.

Abrió la puerta y allí estaba. Era un hombre joven, de treintaymuchos o cuarenta. Rostro atractivo, piel morena y cabello ligeramente encanecido.  En cuestión de un segundo, Irene se dio cuenta de que aquel tipo no mostraba ningún signo de alarma al verla allí.

- ¿La he asustado?  La puerta estaba entreabierta- dijo  - y cuando vi que no me abrían....

- Sí, la verdad es que me ha asustado - dijo Irene - Estaba atareada arriba y... por eso no llegué a tiempo al timbre.

El hombre la sonrió. Era guapo, se dijo. Vestía una camiseta salpicada de manchas de pintura y unos pantalones cortos con bolsillos a los lados.

- ¿La señora no está en casa? - preguntó.

- Pues...no. Ha salido... - dijo Irene y acto seguido añadió-: Está  de viaje.

La sonrisa del chico perdió algo de intensidad.

- Vaya. Pero si me dijo que estaría aquí  ¿No le dejó recado a usted? Bueno... siempre la puedo llamar. En fin...¿le importa abrirme la puerta grande? Es para meter el coche.

Irene no respondió ni hizo ademán de hacerlo. Se quedó cómo congelada.

- ¿Señorita? ¿Se encuentra bien?

- Si...si... verá es que... ¿Puede decirme a qué viene usted? ¿Es un pintor o algo así?

El tipo se rió, pero con un aire de ironía.

- ¿Pero es que su señora no le dejó recado? Y después vendrán con prisas, como siempre.

Irene se dio cuenta de que aún llevaba los guantes de cocina en las manos, y de que seguramente ese tipo la estaba confundiendo con la sirvienta de Dora. Decidió no contradecirle por el momento.

- Pues, para serle sincera, no estoy al tanto. Solo llevo aquí un par de días.

- Por eso no recordaba haberla visto cuando vine. En todo caso, respondiendo a su pregunta: me llamó Carlos Fernandez y soy albañil. La señora quería que cambiara el plato de la ducha.  Estuve aquí hace dos semanas para hacer el presupuesto. Ella quería tenerlo acabado para antes de Mayo, porque era cuando me dijo que se marchaba a Alemania. Pero ahora veo que se ha ido antes de tiempo.

- Si... - respondió Irene - salió para un asunto urgente. Y me dejó al cuidado de la casa. En realidad no soy su sirvienta. Solo soy una amiga. Debió olvidarse de mencionarlo con las prisas.

- Muy bien - respondió él - ¿pero qué hacemos ahora? Ella parecía tener mucha prisa y yo he cancelado dos cosas por venir hoy...

Pese a que con su bonito rostro miraba al hombre y sonreía, la mente de Irene era como una caldera a punto de reventar.

- Lo mejor es que llame a Dora - terminó diciendo - Si no le importa, preferiría estar informada de todo esto.

-  Hágalo- la invitó el hombre.

- No... - respondió ella.

- ¿No, qué?

- Que no tiene teléfono. Hasta esta tarde no estará en accesible. 

- ¿Y qué quiere que haga? ¿Que espere?

- Déjeme su número - dijo Irene rápidamente - Le llamaré en cuanto hable con Dora.

- De acuerdo - dijo el hombre - Pero era Ella la que tenía prisa. Recuérdeselo.

- Lo haré. Y lo siento... siento las molestias. Yo...

El albañil le dio una tarjeta y bajó las escaleras. Irene esperó a que hubiese llegado al portón del jardín y cerró la puerta. Después se apoyó en ella, de espaldas y lentamente se dejó resbalar por la madera hasta sentarse en el suelo. Hundió las manos en su cabello y cerró los ojos.


Continua la semana que viene

Friday, November 13, 2009

Concurso de Micro-Relatos Navideños







Hola amigos y amigas del Relatodromo,

Se acerca la navidad, ese periodo de amor y buenas intenciones, donde todo es tan rosa y tan angelical... ¿que os parece si le ponemos algo de sal y pimienta?

Os invito a participar en el:

CONCURSO DE MICRO-RELATOS NAVIDEñOS del RELATODROMO

Estas son las Bases:

1) Pueden participar todos los fans del Relatodromo de todo el mundo. (Debes ser Fan de Facebook)
2) Se trata de escribir un micro-cuento (minimo 5 palabras- maximo 60 200) que este relacionado con la navidad de alguna manera, aunque puede ser de cualquier tematica (terror, misterio, crimen, romantico, existencial...)
4) Debeis postear el cuento en el Muro del Relatodromo antes del 21 de Diciembre de 2009
5) El premio esta dotado de 1 libro del relatodromo para el ganador.(Incluyendo los gastos de envio)
6) Posteare el relato ganador y una seleccion de los que los mejores en el relatodromo.
7) El premio se fallara antes de la nochevieja del 2009.

Notas:

a) Antes de enviar vuestras obras podeis registrarlas (gratis) por internet en
http://www.safecreative.org
b) Los relatos deben ser originales vuestros.
c) Los que no querais participar podeis comprar el libro en mi tienda Bubok :

http://www.bubok.com/libros/17634/Relatodromo-Volumen-1

Malvadas Navidades para todos y todas!

Mikel



Nota: He ampliado el limite de palabras del cuento a 200.

Wednesday, November 11, 2009

Baile de máscaras (IV)








El día siguiente amaneció húmedo y caliente. No había viento y la “calima” retenía el calor del sol como en un invernadero. Era un clima que hacía aflorar los nervios, cometer torpezas…

Irene no había dormido nada bien. Había estado dando vueltas en la cama, pensando en lo que había hecho. Había querido llamar a John en plena noche para contarle la verdad.  Y después de arrepentirse, llamar al 112, decir la verdad... pero al final había decidido no hacerlo.

¿Qué pensaría John de ella si le hablaba de sus planes, los que "había estado muy cerca" de realizar? Por no hablar de la policía. ¿Entenderían su pequeño momento de debilidad? No lo creía; de hecho, podrían incluso acusarla de haber tenido algo que ver en la muerte de Dora.

Esa mañana a las ocho estaba en pie, desayunando un café cargado con tostadas.  Era demasiado pronto para ir, así que se entretuvo leyendo una revista, pero sin dejar de pensar, ni un segundo, en lo que estaba a punto de hacer.

¿Y si la policía sencillamente no se lo tragaba? ¿Y si decidían investigar? A fin de cuentas, Dora era una mujer muy rica. Aunque todo apuntase a una muerte natural había motivos sobrados para sospechar de un crimen.

Seguramente buscarían huellas por la casa, igual hacían en esas series de la televisión, y encontrarían huellas de Irene. Esto era justificable hasta cierto punto. Ella había entrado en la casa, había buscado a Dora, entrado en su habitación…. Sin embargo, las huellas del armario y el joyero serían más difíciles de explicar; esas tendría que limpiarlas.

Cogió unos guantes de cocina nuevos de la estantería. Los había comprado la semana pasada y aún estaban envueltos en plástico. También se armó con un par de trapos y un spray de limpieza. Lo metió todo en su bolso y miró el reloj otra vez. Las nueve menos siete. Salió de casa.

De camino a los Perdidos, cuando se encontraba más o menos en la mitad del recorrido, se cruzó con un coche, un todoterreno blanco en el que iban dos personas. Las saludó con una sonrisa y vio que ellos le saludaban también. Todo rebosaba normalidad.

Llegó a lo alto de la colina y se detuvo un momento para divisar la playa. A lo lejos, en el horizonte, un carguero avanzaba lentamente. Por lo demás no se veía un alma. Bajó por la carretera mirando las casas con disimulo. Quería cerciorarse de que todas estaban deshabitadas, tal y como lo estaban el día anterior. Aunque en realidad, ¿que importaba si alguien le veía? Ella solo era una amiga de Dora que iba a visitarla esa mañana. ¿Qué mal había en ello?

Llegó al portón y llamó al timbre. Solo una vez, al principio. Y se quedó esperando igual que hiciera la tarde anterior. Mientras esperaba observó las ventanas del salón abiertas y la sombrilla desplegada en la terraza. Todo estaba tal y como ella lo había dejado... incluso el cadáver de Dora - pensó con un escalofrío.

Tras llamar repetidas veces y simular una paciente espera, fue hasta el pequeño barranco que conectaba - mediante unas escaleras de madera- con la playa. Se apoyó en la barandilla y observó la caleta, vacía. "Dora tampoco está aquí" susurró con los labios. Y tuvo que reprimir su propia risa ante semejante ocurrencia.

Cuando regresó del barranco y vio la desolada carretera que bajaba por la colina, en la que - por no haber - no había ni pájaros aquella mañana, se dijo a sí misma que ya estaba bien de teatro. Sacó las llaves de su bolsillo y se dirigió a la puerta.

Subió hasta la puerta principal y la abrió. La casa la recibió con un escalofriante silencio. Nada había cambiado desde el día anterior, pero Irene sintió que aquel lugar era diferente. Bueno, ahora sabía que había un cadáver pudriéndose en la planta de arriba y eso era suficiente para que un sitio dejase de ser agradable, aunque de todas formas, la casa seguía siendo una delicia.

La luz de la mañana iluminaba la pequeña salita que quedaba a la izquierda del vestíbulo. Tenía una gran ventana en forma de "V" junto a la que había dispuestos dos sofás gemelos, uno frente al otro, separados por una mesa baja, de madera clara, llena de grandes libros de fotografías. Irene se imaginó a ella y a John sentados en esos sofás, pasando una agradable tarde de verano dedicados a la lectura. Incluso podría añadir un par de niños jugando sobre la alfombra mejicana ¿por qué no? Se preguntó qué ocurriría con la casa. Si Dora no había hecho testamento quizá la subastasen. Ella podría ofrecerse a cuidarla hasta que se decidiera que hacer con ella… o vivir allí para siempre.

Miró las escaleras y sintió un pequeño escalofrío recorriéndole la espalda. No resultaba muy agradable volver a ver a Dora, muerta sobre su cama, pero no le quedaban muchas más opciones. Sacó los guantes de cocina de su bolso, los desembaló y se los puso. Después, al terminar, los dejaría en el fregadero de Dora como si fuesen de ella, pero mientras tanto le servirían para evitar ir dejando huellas. Tomó las escaleras y subió al primer piso. Las máscaras incas y africanas del pasillo la recibieron con sus horribles expresiones. Caminó por el pasillo y llegó a la habitación de Dora, cuya puerta estaba cerrada. Al abrirla sintió una leve fetidez flotando en el  aire. El cuerpo – supuso Irene - habría comenzado a descomponerse y pronto el lugar sería apestoso.

Dora seguía exactamente igual que el día anterior. Tumbada sobre la cama, rodeada de almohadones, descalza, con un vestido blanco y un pañuelo anudado en la frente. Los brazos rectos, como en un ataúd, y esa expresión de estar despertándose. De hecho, a Irene le pareció ver el brillo de sus ojos por debajo de sus párpados. ¿Estaría realmente muerta? En una ocasión había oído hablar de personas que parecían muertas pero que en realidad solo estaban paralizadas. ¿Estaría Dora viéndola ir y venir, curioseando en sus cosas, robándola?


Se acercó a la cama y la miró fijamente. La piel había comenzado a deslizarse en el interior de sus huesos y su rostro era mucho más cadavérico que el día anterior; se iba pareciendo a una calavera.

Se acercó a ella.

- Voy a tomar algunas cosas prestadas - le espetó al inánime rostro del cadáver - Espero que no te moleste. Juro que algún día lo devolveré todo. Pero ahora necesito esta pequeña ayuda. Se que si estuvieras viva lo comprenderías.

Y dicho esto se sintió un poco mejor.

Las puertas del armario chirriaron sobre sus ejes y le enviaron los aromas de jabón y madera  que habían reposado en su interior. Irene se arrodilló ante la cajonera y buscó directamente la manilla del tercer cajón. Lo sacó casi por completo y allí, medio escondida entre pañuelos de colores, estaba la caja de cuero marrón.

La extrajo con cuidado, como si se tratase de una pieza radioactiva, o el detonador de una bomba, y la agitó en el aire, volviendo a escuchar ese sonido de cadenas y piecitas revolverse. Calculó que su contenido rondaría un kilogramo de peso. La caja estaba cerrada por medio de una pequeña cerradura. No era gran cosa, pero había que abrirla - forzarla sería un error estúpido que levantaría sospechas. Irene imaginó que la llave no debería estar muy lejos. A Dora le gustaba cambiarse joyas todos los días. Que Ella se hubiera fijado debía tener por lo menos seis relojes (Loewes, Gucci, Prada...)  , una docena de pendientes (con zafiros, rubíes, diamantes, esmeraldas), un precioso collar de perlas, pulseras, broches y anillos. 

Estaba segura de que la llave debía estaría muy cerca, en aquella misma habitación. Rebuscó en los cajones, en los bolsillos de las chaquetas, en los billeteros vacíos. Debía ser un sitio disimulado, pero fácil para acceder diariamente. 

Recorrió la habitación con la vista. ¿Dónde la escondería si fuese ella? Una llavecita que, a fin de cuentas, no servía para gran cosa… tan solo para evitar que alguien abriese el joyero y después pretendiese no haberlo hecho.  La cama estaba flanqueada por dos mesillas, una de las cuáles había registrado ayer (otro sitio donde limpiar huellas, anotó mentalmente), después estaba el secreter. Se fijó en él. Había unas cuantas figurillas y jarroncitos de porcelana sobre él, y le pareció el sitio perfecto para esconder algo. Fue hasta allí y los inspeccionó uno a uno. Y entonces sonó el timbre.

Tuvo que hacer un verdadero ejercicio de malabarismo para sujetar un pequeño jarroncito chino que tenía entre las manos. Al final lo consiguió, y se quedó quieta con el jarrón pegado al pecho.

El zumbido todavía continuó un par de segundos más y después se cortó, devolviendo la casa a su pesado silencio.

Irene se quedó en silencio, con la respiración contenida. El corazón había comenzado a latirle deprisa, muy deprisa, y en la cabeza se le agolpaban preguntas, frases exclamativas, órdenes, incluso rezos. ¿quién podría ser? ¿Algún amigo de Dora quizás? ¿Alguno de los vecinos? Recordó que la sombrilla aún estaba desplegada en la terraza. Quizás por eso pensasen que Dora estaba en casa.

"No hagas nada. Quédate quieta. No pueden verte"

Continuará